En el mundo musulmán al-Ándalus era una especie de paraíso donde el agua era un elemento fundamental. En torno a ella giraba una parte esencial de la vida, ayudando a sus habitantes a comprender el valor del agua y como aprovecharla.
El culto que los hispano-musulmanes rindieron al agua encerraba toda una filosofía, todo un arte de vivir. El agua en al-Ándalus llegó a estar presente en todos y cada uno de los rincones de la vida cotidiana hasta el punto de que para los andalusíes vivir en esta tierra era como estar cerca del paraíso, de hecho, cuando los primeros musulmanes llegaron a la península acostumbrados a la vida en el desierto, se sorprendieron al encontrar abundante agua y tierras tan fértiles.
Al igual que ocurre en el mundo islámico, el agua tenía ante todo un profundo valor espiritual, considerado un don divino. Era el elemento purificador del cuerpo y del espíritu, por ello los andalusíes al igual que siguen haciendo los musulmanes, antes de iniciar sus plegarias debían proceder a la ablución, que no era otra cosa que limpiar y purificar su cuerpo con agua.
Aprovechando y ampliando la infraestructura creada por los romanos esta necesidad hizo que desarrollaran un sistema de abastecimiento de agua hacía mezquitas, ciudades y casas, con la finalidad inicial de que sus habitantes tuvieran una provisión suficiente para cumplir esas normas religiosas.

Para ello utilizaron grandes norias sobre ríos que extraían el agua y distribuían a grandes ciudades por acueductos y aljibes, algunos de los cuales todavía siguen utilizándose hoy día.
Pero el agua además de su profundo valor espiritual «origen de la vida», llegó a convertirse en un elemento estético imprescindible para los andalusíes, quienes lograron una fascinante combinación de agua y arquitectura que afortunadamente hoy día podemos contemplar y admirar en casas y palacios como por ejemplo en la Alhambra de Granada.

Con el uso del agua en la decoración de interior se crearon verdaderos oasis dentro de los palacios y de las casas de la gente adinerada en cuyos patios no podían faltar estanques y fuentes en perfecta armonía con el intenso perfume de plantas como el jazmín y la refrescante sombra de limoneros, naranjos y cedros.
Hasta en las casas más humildes se podían encontrar pequeños surtidores, árboles y flores, elementos perfectos además para combatir las temperaturas estivales.
Hay que tener en cuenta que el patio era el eje central de la casa, a donde daban todas las ventanas, una herencia que podemos encontrar en algunas ciudades como Córdoba, Granada y Sevilla.

En la decoración andalusí el agua se convierte en un elemento polivalente de gran belleza. Introduce naturaleza viva y en movimiento dentro de ambientes cerrados, facilita la iluminación de los interiores al reflejar la luz que recibe y además su potencia sonora envuelve el ambiente creando un espacio relajante. El diseño y situación de las albercas y fuentes no se hacían ni mucho menos al azar, sino que se hacía buscando los efectos y sensaciones para el recreo de los sentidos.
Pero en los ochocientos años de historia hispano-musulmana de la península el agua además tuvo otros fines, sobre todo una vez que tuvieron asegurado su control. En la agricultura, los andalusíes consiguieron un éxito sin precedentes ya que desarrollaron como nadie técnicas hidráulicas que incluso hoy seguimos aprovechando. Desde el surco en la tierra, las acequias, hasta el sistema de norias y molinos que abastecen a albercas repartidas por el campo andaluz. Ejemplo de esto es la agricultura de regadío tradicional.

A diferencia de la España cristiana que tenía pocos huertos y además eran muy pobres, los andalusíes llegaron a desarrollar sus huertos hasta tal punto que hicieron de ésta una de las tierras más prósperas. Durante todo el año tenían verduras y hortalizas frescas facilitándose así una variada y rica dieta alimentaría que daría origen a la actual dieta mediterránea.
Se extendieron las tierras de regadío incluso por tierras de montaña donde se realizaban bancales que facilitaban las tareas agrícolas y el riego. Introdujeron nuevos y muy variados cultivos como la berenjenas, las alcachofas, las endivias, el arroz, el azafrán o el espárrago hasta frutas como el melón, albaricoques o cítricos, por citar unos pocos.
La morera traída por los árabes a la península logró crear la manufactura de la seda haciendo que la Granada Nazarí llegara a ser unos centros de producción de seda más importantes del mundo.

Los cultivos más importantes por extensión y producción en al-Ándalus fueron los cereales, la vid y el olivo. Precisamente la grasa más consumida era el aceite de oliva algo que ya ocurría desde la época romana. Como curiosidad, los médicos andalusíes consideraron el aceite de oliva como la grasa más adecuada para en consumo humano.
El cultivo de viñedos fue muy extenso y la producción de vino fue, por consiguiente, cuantiosa pese a que su consumo estaba prohibido por razones de carácter religioso. Sin embargo al-Ándalus fue en cierto modo un tanto rompedora en cuanto a los preceptos del Corán ya que era habitual el consumo de vino y licores, hasta el punto de que algunos autores de la época ensalzaban en sus obras sus cualidades y efectos.

Los andalusíes a diferencia de lo que entonces había en la Edad Media, llegaron a crear un mundo muy particular, casi perfecto. A los cultivos que hemos visto hay que añadir importantes jardines botánicos, algunos de ellos con fines medicinales y otros para el cultivo de plantas aromáticas que servían para la elaboración de perfumes y esencias necesarias para el Hamman, como eran conocidos los baños árabes.
Estos baños llegaron a ser muy numerosos aunque en la actualidad muy pocos de ellos se han conservado hasta nuestros días. Eso sí, los pocos que quedan nos devuelven una imagen de lo que en su día llegaron a ser.
Los baños, como ya hablamos con anterioridad en otro de los artículos, eran lugares de reunión pública donde todo el mundo era tratado como un igual. Asistir suponía un acontecimiento social, eso sí, diferenciado por sexos. Las mañanas estaban reservadas para los hombre y las tardes para las mujeres. Unos y otros gestaban en esos encuentros desde intrigas políticas a enredos amorosos, entre placenteros baños en sus aguas termales y relajantes masajes perfumados de aceite de violetas, almizcle y jazmín.
De las aguas subterráneas, a las fuentes de las ciudades y el riego del campo, los musulmanes persiguieron el agua como un elemento mágico con el que crearon un universo único de sentidos. Un mundo propio que aún hoy nos sigue regalando su inteligencia, su utilidad y su belleza.
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Gracias.